Texto basado en varios textos tempranos de LOS EMPEÑOS DE UNA CASA. Fue preparado por Vern Williamsen para un curso dictado en el año 1986. La base textual de esta edición moderna es de Francisco Monterde (Mexico: Porrua, 1969). No hay mención en ésta de ediciones tempranas.
Personas que hablan en ella:
Sale la MÚSICA
MÚSICA: Para celebrar cuál es
de las dichas la mayor,
a la ingeniosa palestra
convoca a todos mi voz.
¡Venid al pregón:
atención, silencio, atención, atención!
Siendo el asunto, a quién puede
atribuírse mejor,
si al gusto de la Fineza,
o del Mérito al sudor,
¡venid todos, venid, venid al pregón
de la más ingeniosa, lucida cuestión!
¡Atención, silencio, atención, atención!
Salen el MÉRITO y la DILIGENCIA, por un lado; y por otro la FORTUNA y el ACASO
MÉRITO: Yo vengo al pregón; mas juzgo
que es superflua la cuestión.
FORTUNA: Yo, que tanta razón llevo,
a vencer, no a lidiar voy.
ACASO: Yo no vengo a disputar
lo que puedo darme yo.
MÚSICA: ¡Venid todos, venid, venid al pregón
de la más ingeniosa, lucida cuestión!
¡Atención, silencio, atención, atención!
MÉRITO: Sonoro acento que llamas;
pause tu canora voz.
Pues si el asunto es, cuál sea
de las dichas la mayor,
y a quién debe atribuírse
después su consecución,
punto que determinado
por la natural razón
está ya, y aun sentenciado
--como se debe-- a favor
del Mérito, ¿para qué
es ponerlo en opinión?
DILIGENCIA: Bien has dicho. Y pues lo eres
tú, y yo parte tuya soy,
que la Diligencia siempre
al Mérito acompañó;
pues aunque Mérito seas,
si no te acompaño yo,
llegas hasta merecer,
pero hasta conseguir, no
--que Mérito a quien, de omiso,
la Diligencia faltó,
se queda con el afán,
y no alcanza el galardón--;
pero supuesto que agora
estamos juntos los dos,
pues el Mérito eres tú
y la Diligencia yo,
no hay que temer competencias
de Fortuna.
FORTUNA: ¿Cómo no,
pues vosotros estrechar
queréis mi jurisdicción;
mayormente cuando traigo
al Acaso en mi favor?
MÉRITO: ¿Pues al Mérito hacer puede
la Fortuna, oposición?
FORTUNA: Sí; pues ¿cuándo la Fortuna
al Mérito no venció?
DILIGENCIA: Cuando al Mérito le asiste
la Diligencia.
ACASO: ¡Qué error!
Pues a impedir un Acaso,
¿qué Diligencia bastó?
DILIGENCIA: Muchas veces hemos visto
que puede la prevención
quitar el daño al Acaso.
ACASO: Si se hace regulación,
las más veces llega cuando
ya el Acaso sucedió.
MÉRITO: Fortuna, llevar no puedo,
que quiera tu sinrazón
quitarme a mí de la Dicha
la corona y el blasón.
Ven acá. ¿Quién eres para
oponerte a mi valor,
más que una deidad mentida
que la indignación formó?
Pues cuando en mi tribunal
los privo de todo honor,
se van a ti los indignos
en grado de apelación.
¿Eres tú más que un efugio
del interés y el favor,
y una razón que se da
por obrar la sinrazón?
¿No eres tú del desconcierto
un mal regido reloj,
que si quiere da las veinte
al tiempo de dar las dos?
¿No eres tú de tus alumnos
la más fatal destrucción,
pues al que ayer levantaste
intentas derribar hoy?
¿Eres más...?
FORTUNA: ¡Mérito, calla;
pues tu vana presunción,
en ser discurso se queda,
sin pasar a oposición!
¿De qué te sirve injuriarme,
si cuando está tu furor
envidiando mis venturas,
las estoy gozando yo?
Si sabes que, en cualquier premio
en que eres mi opositor,
te quedas tú con la queja
y yo con la posesión,
¿de qué sirve la porfía?
¿No te estuviera mejor
el rendirme vasallaje
que el tenerme emulación?
Discurre por los ejemplos
pasados. ¿Qué oposición
me has hecho, en que decir puedas
que has salido vencedor?
En la destrucción de Persia,
donde asistí, ¿qué importó
tener Darío el derecho,
si ayudé a Alejandro yo?
Y cuando quise después
desdeñar al Macedón,
¿le defendió de mis iras
el ser del mundo señor?
Cuando se exaltó en el trono
Tamorlán con mi favor,
¿no hice una cerviz real
grada del pie de un pastor?
Cuando quise hacer a César
en Farsalia vencedor,
¿de qué le sirvió a Pompeyo
el estudio y la razón?
Y el más hermoso prodigio,
la más cabal perfección
a que el Mérito no alcanza,
a un Acaso se rindió.
¿Quién le dio el hilo a Teseo?
¿Quién a Troya destruyó?
¿Quién dio las armas a Ulises,
aunque Ayax las mereció?
¿No soy de la paz y guerra
el árbitro superior,
pues de mi voluntad sola
pende su distribución?
DILIGENCIA: No os canséis en argüir;
pues la voz que nos llamó,
de oráculo servirá,
dando a nuestra confusión
luz.
ACASO: Sí, que no Acaso fue
el repetir el pregón:
MÚSICA: ¡Atención, atención, silencio,atención!
MÉRITO: Voz, que llamas importuna
a tantas, sin distinguir;
¿a quién se ha de atribuír
aquesta ventura?
MÚSICA: A una.
FORTUNA: ¿De cuáles, si son opuestas?
MÚSICA: De éstas.
DILIGENCIA: ¿Cuál? Pues hay en el teatro...
MÚSICA: Cuatro.
ACASO: Sí, ¡mas a qué fin rebozas?
MÚSICA: Cosas.
FORTUNA: Aunque escuchamos medrosas,
hallo que van pronunciando
los ecos que va formando:
MÚSICA; A una de estas cuatro cosas.
MÉRITO: ¿Mas quién tendrá sin desdicha...?
MÚSICA: La Dicha.
FORTUNA: Si miro que para quien...
MÚSICA: Es bien.
MÉRITO: ¿A quién es bien que por suya...?
MÚSICA: Se atribuya.
DILIGENCIA: Pues de fuerza ha de ser tuya;
que juntando el dulce acento,
dice que al Merecimiento...
MÚSICA: La Dicha es bien se atribuya.
ACASO: ¿Se dará, sin embarazo,...?
M&USICA: Al Acaso.
ACASO: ¿Y qué pondrá en consecuencia?
MÚSICA: Diligencia.
ACASO: Sí; mas ¿cuál es fundamento?
MÚSICA: Merecimiento.
ACASO: Y lo logrará oportuna..
MÚSICA: Fortuna.
ACASO: Bien se ve que sólo es una
pero da la preeminencia...
MÚSICA: Al Acaso, Diligencia,
Merecimiento y Fortuna.
MÉRITO: Atribuírlo a un tiempo a todas,
no es posible; pues confusas
sus cláusulas con las nuestras
confunden lo que articulan.
Vamos juntando los ecos
que responden a cada una,
para formar un sentido
de tantas partes difusas.
FORTUNA: Bien has dicho, pues así
se penetrará su oscura
inteligencia.
ACASO: Con eso
podrá ser que se construya
su recóndito sentido.
DILIGENCIA: Pues digamos todas juntas
con la Música, ayudando
las cláusulas que pronuncia.
Cantan TODOS
TODOS: "A una de estas cuatro cosas
la Dicha es bien se atribuya:
al Acaso, Diligencia,
Merecimiento y Fortuna."
MÉRITO: Nada responde, supuesto
que ha respondido que a una
se le debe atribuír,
con que en pie deja la duda;
pues no determina cuál.
FORTUNA: Sin duda, que se reduzca
a los argumentos quiere.
ACASO: Sin duda, que se refunda
en el Acaso, es su intento.
DILIGENCIA: Sin duda, que se atribuya.
pretende a la Diligencia.
MÉRITO: ¡Oh qué vanas conjeturas,
siendo el Mérito primero.
FORTUNA: Si no lo pruebas, se duda.
MÉRITO: Bien puede uno ser dichoso
sin tener Merecimiento;
pero este mismo contento
le sirve de afán penoso;
pues siempre está receloso
del defecto que padece,
y el gusto le desvanece,
sin alcanzarlo jamás.
Luego no es dichoso, más
de aquél que serlo merece.
MÚSICA: ¡Que para ser del todo
feliz, no basta
el tener la ventura,
sino el gozarla!
FORTUNA: Tu razón no satisfaga;
pues antes, de ella se infiere
que la que el Mérito adquiere
no es ventura, sino paga.
Y antes, el deleite estraga,
pues como ya se antevía,
no es novedad la alegría.
Luego, en sentir riguroso,
sólo se llama dichoso
el que no lo merecía.
MÚSICA: ¡Que para ser del todo
grande una dicha,
no ha de ser esperada
sino improvisa!
ACASO: Del Acaso, una sentencia
dice que se debe hacer
mucho caso, pues el ser
pende de la contingencia.
Y aun lo prueba la evidencia,
pues no se puede dar paso
sin que intervenga el Acaso;
y no hacer de él caso, fuera
grave error; pues en cualquiera
caso, hace el Acaso al caso.
MÚSICA: ¡Porque ordinariamente,
son las venturas
más hijas del Acaso
que de la industria!
DILIGENCIA: Este sentir se condena;
pues que es más ventura, es llano,
labrarla uno de su mano,
que esperarla de la ajena.
Pues no podrán darle pena
riesgos de la contingencia,
y aun en la común sentencia
se tiene por más segura;
pues dice que es la ventura
hija de la Diligencia.
MÚSICA: ¡Y así, el temor no tiene
de perder dichas,
el que, si se le pierden,
sabe adquirirlas!
MÉRITO: Aunque, a la primera vista,
cada uno --al parecer--
tiene razón, es engaño;
pues de la Dicha el laurel
sólo al Mérito le toca,
pues premio a sus sudor es.
MÚSICA: ¡No es!
MÉRITO: ¡Sí es!
DILIGENCIA: No es, sino con digno premio
de la Diligencia; pues
si allá se pide de gracia,
aquí como deuda es.
MÚSICA: ¡No es!
DILIGENCIA: ¡Sí es!
ACASO: No es tal; porque si el Acaso
su causa eficiente es,
claro está que será mía,
pues soy yo quien la engendré.
MÚSICA: ¡No es!
ACASO: ¡Sí es!
MÉRITO: Baste ya, que esta cuestión
se ha reducido a porfía;
y pues todo se vocea
y nada se determina,
mejor es mudar de intento.
FORTUNA; ¿Cómo?
MÉRITO: Invocando a la Dicha;
que, pues la que hoy viene a casa
se tiene por más divina
que humana, como deidad
sabrá decir, de sí misma,
a cuál de nosotros cuatro
debe ser atribuída.
FORTUNA: Yo cederé mi derecho,
sólo con que ella lo diga.
Mas ¿cómo hemos de invocarla,
o adónde está?
DILIGENCIA: En las delicias
de los Elíseos, adonde
sólo es segura la Dicha.
Mas ¿cómo hemos de invocarla?
ACASO: Mezclando, con la armonía
de los Coros, nuestras voces.
DILIGENCIA: Pues empezad sus festivas
invocaciones, mezclando
el respeto a la caricia.
Cantan y representan
MÉRITO: ¡Oh Reina del Elíseo coronada!
FORTUNA: ¡Oh Emperatriz de todos adorada!
DILIGENCIA: ¡Común anhelo de las intenciones!
ACASO: ¡Causa final de todas las acciones!
MÉRITO: ¡Riqueza, sin quien pobre es la riqueza!
FORTUNA: ¡Belleza, sin quien fea es la belleza!
MÉRITO: Sin quien Amor no logra sus dulzuras.
FORTUNA: Sin quien Poder no logra sus alturas.
DILIGENCIA: Sin quien el mayor bien en mal se vuelve.
ACASO: Con quien el mal en bienes ser resuelve
MÉRITO: ¡Tú, que donde tú asistes no hay desdicha!
FORTUNA: En fin, ¡tú, Dicha!
ACASO: ¡Dicha!
DILIGENCIA: ¡Dicha!
MÉRITO: ¡Dicha!
TODOS: ¡Ven, ven a nuestras voces;
porque tú misma
sólo, descifrar puedes
de ti el enigma!
Dentro suena un clarín
MÚSICA: ¡Albricias, albricias!
TODOS: ¿De qué las pedís?
MÚSICA: De que ya benigna
a la invocación
se muestra la Dicha.
¡Albricias, albricias!
Córrense dos cortinas, y aparece la DICHA, con corona y cetro
MÉRITO: ¡Oh, qué divino semblante!
FORTUNA: ¡Qué beldad tan peregrina!
DILIGENCIA: ¡Qué gracia tan milagrosa!
ACASO: ¿Pues cuándo no fue la Dicha
hermosa?
MÉRITO: Todas los son;
mas ninguna hay que compita
con aquésta. Pero atiende
a ver lo que determina.
DICHA: Ya que, llamada, vengo
a informar de mí misma,
y a ser de vuestro pleito
el árbitro común que lo decida;
y pues es la cuestión,
a quién mejor, la Dicha,
por razones que alegan,
de los cuatro, ser debe atribuída;
el Mérito me alega
tenerme merecida,
como que equivalieran
a mi valor sagrado sus fatigas;
la Diligencia alega
que en buscarme me obliga,
como que humana huella
pudiera penetrar sagradas cimas;
la Fortuna, más ciega,
de serlo se acredita,
pues quiere en lo sagrado
tener jurisdicciones electivas;
y el Acaso, sin juicio
pretende, o con malicia,
el que la Providencia
por un acaso se gobierne y rija.
Y para responderos
con orden, es precisa
diligencia, advertiros
que no soy yo de las vulgares dichas;
que ésas, la Diligencia
es bien que las consiga,
que el Mérito las gane,
que el Acaso o Fortuna las elijan;
mas yo mido, sagrada,
distancias tan altivas,
que a mi elevado solio
no llegan impresiones peregrinas.
Y ser yo de Fortuna
dádiva, es cosa indigna;
que de tan ciegas manos
no son alhajas dádivas divinas.
Del Mérito, tampoco;
que sagradas caricias
pueden ser alcanzadas,
pero nunca ser pueden merecidas.
Pues soy --mas con razón
temo no ser creída,
que ventura tan grande
aun la dudan los ojos que la miran--
la venida dichosa
de la Excelsa María
y del Invicto Cerda,
que eternos duren y dichosos vivan.
Ved si a Dicha tan grande
como gozáis podría
Diligencia ni Acaso,
Mérito ni Fortuna, conseguirla.
Y así, pues pretendéis
a alguno atribuírla,
sólo atribuírse debe
tanta ventura a Su Grandeza misma,
y al José generoso
que, sucesión florida,
a multiplicar crece
los triunfos de su real progenie invicta.
Y pues ya conocéis
que, a tan sagrada Dicha,
ni volar la esperanza,
ni conocerla pudo la noticia,
al agradecimiento
los júbilos se sigan,
que si no es recompensa,
de gratitud al menos se acredita.
MÉRITO: Bien dice; celebremos
la gloriosa venida
de una dicha tan grande
que en tres se multiplica.
Y alegres digamos
a su hermosa vista:
¡Bien venida sea
tan sagrada Dicha,
que la Dicha siempre
es muy bien venida!
MÚSICA: ¡Bien venida sea;
sea bien venida!
FORTUNA: Bien venida sea
la Excelsa María,
diosa de la Europa,
deidad de las Indias.
ACASO: Bien venido sea
el Cerda, que pisa
la cerviz ufana
de América altiva.
MÚSICA: ¡Bien venida sea;
sea bien venida!
MÉRITO: Bien en José venga
la Belleza misma,
que ser más no puede
y a crecer aspira.
MÚSICA: ¡Bien venida sea;
sea bien venida!
FORTUNA: Y a ese bello Anteros
un Cupido siga,
que sus glorias parta
sin disminuírlas.
DICHA: Porque de una y otra
Casa esclarecida,
crezca a ser gloriosa
generosa cifra.
FORTUNA: Fortuna a su arbitrio
esté tan rendida,
que pierda de ciega
la costumbre antigua.
MÚSICA: ¡Bien venida sea;
sea bien venida!
MÉRITO: Mérito, pues es
tan de su Familia,
como nación en ella,
eterno le asista.
MÚSICA: ¡Bien venida sea;
sea bien venida!
DILIGENCIA: Diligencia siempre
tan fina le asista,
que aumente renombres
de ser más activa.
MÚSICA: ¡Bien venida sea;
sea bien venida!
ACASO: El Acaso, tanto
se esmere en servirla,
que haga del Acaso
venturas precisas.
MÚSICA: ¡Bien venida sea;
sea bien venida!
FORTUNA: En sus vellas Damas,
cuya bizarría,
de Venus y Flora
es hermosa envidia.
MÚSICA: ¡Bien venida sea;
sea bien venida!
MÉRITO: Y pues esta casa,
a quien iluminan
tres Soles con rayos,
un Alba con risa...
ACASO: ...no ha sabido cómo
festejar su Dicha
si no es con mostrarse
de ella agradecida,...
DILIGENCIA: ...que a merced, que en todo
es tan excesiva
que aun de los deseos
pasa la medida,...
FORTUNA: ...nunca hay recompensa,
y si alguna hay digna,
es sólo el afecto
que hay a recibirla;...
MÉRITO: ...que al que las deidades
al honor destinan,
el Mérito dan
con las honras mismas;...
ACASO: ...y porque el festejo
pare en alegría,
los Coros acordes
otra vez repitan:
MÚSICA: ¡Bien venida sea
tan sagrada Dicha,
que la Dicha siempre
es muy bien venida!
DICHA: ¡Y sea en su Casa,
porque eterna viva,
como la Nobleza,
vínculo la Dicha!
FORTUNA: Y porque a la causa es bien
que estemos agradecidas,
repetid conmigo todos:
TODOS: ¡Qué con bien Su
Señoría
Ilustrísima haya entrado,
pues en su entrada festiva,
fue la dicha de su entrada
la entrada de nuestra Dicha!
MÚSICA: ¡Fue la dicha de su entrada
la entrada de nuestra Dicha!
LETRA CANTADA
Divina Lisi, permite
a los respetos cobardes
que por indignos te pierden,
que por humildes te hallen.
No es ufano sacrificio
el que llega a tus altares;
que aun se halla indigno, el afecto,
de poder sacrificarse.
Ni agradarte solicita;
que no son las vanidades
tan soberbias, que presuman
que a ti puedan agradarte.
Sólo es una ofrenda humilde,
que entre tantos generales
tributos, a ser no aspira,
ni aun a ser parte integrante.
La pureza de tu altar
no es bien macular con sangre,
que es mejor que arda en las venas
que no que las aras manche.
Mentales víctimas son
las que ante tu trono yacen,
a quien hieren del deseo
segures inmateriales.
No temen tu ceño; porque
cuando llegues a indignarte,
¿qué más dicha, que lograr
el merecerte un desaire?
Seguro, en fin, de la pena,
obra el amor; porque sabe
que a quien pretende el castigo,
castigo es no castigarle.
Sigue inmediatamente la comedia
Personas que hablan en ella:
La escena pasa en Toledo
[En casa de don Pedro]
Salen doña ANA y CELIA
ANA: Hasta que venga mi hermano,
Celia, le hemos de esperar.
CELIA: Pues eso será velar,
porque él juzga que es temprano
la una o las dos; y a mi ver,
aunque es grande ociosidad
viene a decir la verdad,
pues viene al amanecer.
Mas, ¿por qué agora te dio
esa gana de esperar,
si te entras siempre a acostar
tú, y le espero sola yo?
ANA: Has de saber, Celia mía,
que aquesta noche ha fïado
de mí todo su cuidado;
tanto de mi afecto fía.
Bien sabes tú que él salió
de Madrid dos años ha,
y a Toledo, donde está,
a una cobranza llegó,
pensando luego volver,
y así en Madrid me dejó,
donde estando sola yo,
pudiendo ser vista y ver,
me vio don Juan y le vi,
y me solicitó amante,
a cuyo pecho constante
atenta correspondí;
cuando, o por no ser tan llano
como el pleito se juzgó,
o lo cierto, porque no
quería irse mi hermano
--porque vive aquí una dama
de perfecciones tan sumas
que dicen que faltan plumas
para alabarla a la Fama,
de la cual enamorado
aunque no correspondido,
por conseguirla perdido
en Toledo se ha quedado,
y porque yo no estuviese
sola en la corte sin él,
o porque a su amor crüel
de algún alivio le fuese--,
dispuso él que venga aquí
a vivir yo, que al instante
di cuenta a don Juan, que amante
vino a Toledo tras mí;
fineza a que agradecida
toda el alma estar debiera,
si ya ¡ay de mí! no estuviera
del empeño arrepentida,
porque el Amor que es villano
en el trato y la bajeza,
se ofende de la fineza.
Pero, volviendo a mi hermano,
sábete que él ha inquirido
con obstinada porfía
qué motivo haber podía
para no ser admitido;
y hallando que es otro amor,
aunque yo no sé de quién,
sintiendo más que el desdén
que otro gozase el favor
--que como este fiero engaño
es envidioso veneno,
se siente el provecho ajeno
mucho más que el propio daño--;
sobornando --¡oh vil costumbre
que así la razón estraga,
que es tan ciego Amor, que paga
porque le den pesadumbre!--
una crïada que era
de quien ella se fïaba,
en el estado que estaba
su amor, con el fin que espera,
y con lo demás que pasa,
supo de la infiel crïada,
que estaba determinada
a salirse de su casa
esta noche con su amante;
de que mi hermano furioso,
como a quien está celoso
no hay peligro que le espante,
con unos hombres trató
que fingiéndose justicia
--¡mira qué astuta malicia!--
prendan al que la robó,
y que al pasar por aquí
al galán y dama bella,
como en depósito, a ella
me la entregasen a mí,
y que luego al apartarse,
como que acaso ellos van
descuidados, al galán
den lugar para escaparse,
con lo cual claro es arguye
que él se valdrá de los pies
huyendo, pues piensa que es
la justicia de quien huye;
y mi hermano, con la traza
que su amor ha discurrido,
sin riesgo habrá conseguido
traer su dama a su casa,
y en ella es bien fácil cosa
galantearla abrasado
sin que él parezca culpado
ni ella pueda estar quejosa,
porque si tanto despecho
ella llegase a entender,
visto es que ha de aborrecer
a quien tal daño le ha hecho.
Aquesto que te he contado,
Celia, tengo que esperar;
mira ¿cómo puedo entrar
a acostarme sin cuidado?
CELIA: Señora, nada me admira;
que en amor no es novedad
que se vista la verdad
del color de la mentira,
¿ni quién habrá que se espante
si lo que es, llega a entender,
temeridad de mujer
ni resolución de amante,
ni de traidoras crïadas,
que eso en todo el mundo pasa,
y quizá dentro de casa
hay algunas calderadas?
Sólo admirado me han,
por las acciones que has hecho,
los indicios que tu pecho
da de olvidar a don Juan,
y no sé por qué el cuidado
das en trocar en olvido,
cuando ni causa has tenido
tú, ni don Juan te la ha dado.
ANA: Que él no me la da, es verdad;
que no la tengo, es mentira.
CELIA: ¿De qué manera?
ANA: ¿Qué se admira?
Es ciega la Voluntad.
Tras mí, como sabes, vino
amante y fino don Juan,
quitándose de galán
lo que se añade de fino,
sin dejar a qué aspirar
a la ley del albedrío,
porque si él es ya tan mío
¿qué tengo que desear?
Pero no es aquésa sola
la causa de mi despego,
sino porque ya otro fuego
en mi pecho se acrisola.
Suelo en esta calle ver
pasar a un galán mancebo,
que si no es el mismo Febo,
yo no sé quién pueda ser.
A éste, ¡ay de mí!, Celia mía,
no sé si es gusto o capricho,
y... Pero ya te lo he dicho,
sin saber que lo decía.
CELIA: ¿Lloras?
ANA: ¿Pues no he de llorar,
¡ay infeliz de mí!, cuando
conozco que estoy errando
y no me puedo enmendar?
CELIA: (Qué buenas nuevas me dan Aparte
con esto que agora he oído,
para tener yo escondido
en su cuarto al tal don Juan,
que habiendo notado el modo
con que le trata enfadada,
quiere hacer la tarquinada
y dar al traste con todo).
¿Y quién, señora, ha logrado
tu amor?
ANA: Sólo decir puedo
que es un don Carlos de Olmedo
el galán. Mas han llamado;
mira quién es, que después
te hablaré, Celia.
CELIA: ¿Quién llama?
Habla dentro
EMBOZADO: ¡La justicia!
ANA: Ésta es la dama;
abre, Celia.
CELIA: Entre quien es.
Salen dos EMBOZADOS y doña LEONOR
EMBOZADO: Señora, aunque yo no ignoro
el decoro de esta casa,
pienso que el entrar en ella
ha sido más venerarla
que ofenderla; y así, os ruego
que me tengáis esta dama
depositada, hasta tanto
que se averigüe la causa
porque le dio muerte a un hombre
otro que la acompañaba.
Y perdonad, que a hacer vuelvo
diligencias no excusadas
en tal caso.
Vanse los EMBOZADOS
ANA: ¿Qué es aquesto?
Celia, a aquesos hombres llama
que lleven esta mujer,
que no estoy acostumbrada
a oír estas liviandades.
CELIA: (Bien la deshecha mi ama Aparte
hace de querer tenerla).
LEONOR: Señora, --en la boca el alma
tengo, ¡ay de mí!-- si piedad
mis tiernas lágrimas causan
en tu pecho --hablar no acierto--,
te suplico arrodillada
que ya que no de mi vida,
tengas piedad de mi fama,
sin permitir, puesto que
ya una vez entré en tu casa,
que a otra me lleven adonde
corra mayores borrascas
mi opinión; que a ser mujer,
como imaginas, liviana,
ni a ti te hiciera este ruego,
ni yo tuviera estas ansias.
Hablan doña ANA y CELIA aparte
ANA: (A lástima me ha movido
su belleza y su desgracia.
Bien dice mi hermano, Celia.)
CELIA: (Es belleza sobrehumana;
y si está así en la tormenta
¿cómo estará en la bonanza?)
ANA: Alzad del suelo, señora,
y perdonad si turbada
del repentino suceso
poco atenta y cortesana
me he mostrado, que ignorar
quién sois, pudo dar la causa
a la extrañeza; mas ya
vuestra persona gallarda
informa en vuestro favor,
de suerte que toda el alma
ofrezco para serviros.
LEONOR: ¡Déjame besar tus plantas,
bella deidad, cuyo templo,
cuyo culto, cuyas aras,
de mi deshecha fortuna
son el asilo!
ANA: Levanta,
y cuéntame qué sucesos
a tal desdicha te arrastran,
aunque, si eres tan hermosa,
no es mucho ser desdichada.
CELIA: (De la envidia que le tiene Aparte
no le arriendo la ganancia).
LEONOR: Señora, aunque la vergüenza
me pudiera ser mordaza
para callar mis sucesos,
la que como yo se halla
en tan infeliz estado,
no tiene por qué callarlas;
antes pienso que me abono
en hacer lo que me mandas,
pues son tales los indicios
que tengo de estar culpada,
que por culpables que sean
son más decentes sus causas;
y así, escúchame.
ANA: El silencio
te responda.
CELIA: ¡Cosa brava!
¿Relación a media noche
y con vela? ¡Que no valga!
LEONOR: Si de mis sucesos quieres
escuchar los tristes casos
con que ostentan mis desdichas
lo poderoso y lo vario,
escucha, por si consigo
que divirtiendo tu agrado
lo que fue trabajo propio
sirva de ajeno descanso,
o porque en el desahogo
hallen mis tristes cuidados
a la pena de sentirlos
el alivio de contarlos.
Yo nací noble; éste fue
de mi mal el primer paso,
que no es pequeña desdicha
nacer noble un desdichado;
que aunque la nobleza sea
joya de precio tan alto,
es alhaja que en un triste
sólo sirve de embarazo;
porque estando en un sujeto,
repugnan como contrarios,
entre plebeyas desdichas
haber respetos honrados.
Decirte que nací hermosa
presumo que es excusado,
pues lo atestiguan tus ojos
y lo prueban mis trabajos.
Sólo diré... Aquí quisiera
no ser yo quien lo relato,
pues en callarlo o decirlo
dos inconvenientes hallo;
porque si digo que fui
celebrada por milagro
de discreción, me desmiente
la necedad del contarlo;
y si lo callo, no informo
de mí, y en un mismo caso
me desmiento si lo afirmo,
y lo ignoras si lo callo.
Pero es preciso al informe
que de mis sucesos hago
--aunque pase la modestia
la vergüenza de contarlo--,
para que entiendas la historia,
presuponer asentado
que mi discreción la causa
fue principal de mi daño.
Inclinéme a los estudios
desde mis primeros años
con tan ardientes desvelos
con tan ansiosos cuidados,
que reduje a tiempo breve
fatigas de mucho espacio.
Conmuté el tiempo, industriosa,
a lo intenso del trabajo,
de modo que en breve tiempo
era el admirable blanco
de todas las atenciones,
de tal modo, que llegaron
a venerar como infuso
lo que fue adquirido lauro.
Era de mi patria toda
el objeto venerado
de aquellas adoraciones
que forma el común aplauso;
y como lo que decía.
fuese bueno o fuese malo,
ni el rostro lo deslucía
ni lo desairaba el garbo,
llegó la superstición
popular a empeño tanto,
que ya adoraban deidad
el ídolo que formaron.
Voló la Fama parlera,
discurrió reinos extraños,
y en la distancia segura
acreditó informes falsos.
La pasión se puso anteojos
de tan engañosos grados,
que a mis moderadas prendas
agrandaban los tamaños.
Víctima en mis aras eran,
devotamente postrados,
los corazones de todos
con tan comprensivo lazo,
que habiendo sido al principio
aquel culto voluntario,
llegó después la costumbre,
favorecida de tantos,
a hacer como obligatorio
el festejo cortesano;
y si alguno disentía
paradojo o avisado,
no se atrevía a proferirlo,
temiendo que, por extraño,
su dictamen no incurriese,
siendo de todos contrario,
en la nota de grosero
o en la censura de vano.
Entre estos aplausos yo,
con la atención zozobrando
entre tanta muchedumbre,
sin hallar seguro blanco,
no acertaba a amar a alguno,
viéndome amada de tantos.
Sin temor en los concursos
defendía mi recato
con peligros del peligro
y con el daño del daño.
Con una afable modestia
igualando el agasajo,
quitaba lo general
lo sospechoso el agrado.
Mis padres, en mi mesura
vanamente asegurados,
se descuidaron conmigo;
¡qué dictamen tan errado,
pues fue quitar por de fuera
las guardas y los candados
a una fuerza que en sí propia
encierra tantos contrarios!
Y como tan neciamente
conmigo se descuidaron,
fue preciso hallarme el riesgo
donde me perdió el cuidado.
Sucedió, pues, que entre muchos
que de mi fama incitados
contestar con mi persona
intentaban mis aplausos
llegó acaso a verme --¡Ay cielos!,
¿cómo permitís tiranos
que un afecto tan preciso
se forjase de un acaso?--
don Carlos de Olmedo, un joven
forastero, mas tan claro
por su origen, que en cualquiera
lugar que llegue a hospedarlo,
podrá no ser conocido,
pero no ser ignorado.
Aquí, que me des te pido
licencia para pintarlo,
por disculpar mis errores,
o divertir mis cuidados;
o porque al ver de mi amor
los extremos temerarios,
no te admire que el que fue
tanto, mereciera tanto.
Era su rostro un enigma
compuesto de dos contrarios
que eran valor y hermosura,
tan felizmente hermanados,
que faltándole a lo hermosos
la parte de afeminado,
hallaba lo más perfecto
en lo que estaba más falto;
porque ajando las facciones
con un varonil desgarro,
no consintió a la hermosura
tener imperio asentado;
tan remoto a la noticia,
tan ajeno del reparo,
que aun no le debió lo bello
la atención de despreciarlo;
que como en un hombre está
lo hermoso como sobrado,
es bueno para tenerlo
y mal para ostentarlo.
Era el talle como suyo,
que aquel talle y aquel garbo,
aunque la Naturaleza
a otro dispusiera darlo,
sólo le asentara bien
al espíritu de Carlos;
que fue de su providencia
esmero bien acertado,
dar un cuerpo tan gentil
a espíritu tan gallardo.
Gozaba un entendimiento
tan sutil, tan elevado,
que la edad de lo entendido
era un mentís de sus años.
Alma de estas perfecciones
era el gentil desenfado
de un despejo tan airoso,
un gusto tan cortesano,
un recato tan amable,
un tan atractivo agrado,
que en el más bajo descuido
se hallaba el primor más alto;
tan humilde en los afectos,
tan tierno en los agasajos,
tan fino en las persuasiones,
tan apacible en el trato
y en todo, en fin, tan perfecto,
que ostentaba cortesano
despojos de lo rendido,
por galas de lo alentado.
En los desdenes sufrido,
en los favores callado,
en los peligros resuelto,
y prudente en los acasos.
Mira si con estas prendas,
con otras más que te callo,
quedaría, en la más cuerda,
defensa para el recato.
En fin, yo le amé; no quiero
cansar tu atención contando
de mi temerario empeño
la historia caso por caso;
pues tu discreción no ignora
de empeños enamorados,
que es su ordinario principio
desasosiego y cuidado,
su medio, lances y riesgos,
su fin, tragedias o agravios.
Creció el amor en los dos
recíproco y deseando
que nuestra feliz unión
lograda en tálamo casto
confirmase de Himeneo
el indisoluble lazo;
y porque acaso mi padre,
que ya para darme estado
andaba entre mis amantes
los méritos regulando,
atento a otras conveniencias
no nos fuese de embarazo,
dispusimos esta noche
la fuga, y atropellando
el cariño de mi padre,
y de mi honor el recato,
salí a la calle, y apenas
daba los primeros pasos
entre cobardes recelos
de mi desdicha, fïando
la una mano a las basquiñas
y a mi manto la otra mano,
cuando a nosotros resueltos
llegaron dos embozados.
"¿Qué gente?" dicen, y yo
con el aliento turbado,
sin reparar lo que hacía
porque suele en tales casos
hacer publicar secretos
el cuidado de guardarlos--,
"¡Ay, Carlos, perdidos somos!"
dije, y apenas tocaron
mis voces a sus oídos
cuando los dos arrancando
los aceros, dijo el uno:
"¡Matadlo, don Juan, matadlo;
que esa tirana que lleva,
es doña Leonor de Castro,
mi prima." Sacó mi amante
el acero, y alentado,
apenas con una punta
llegó al pecho del contrario,
cuando diciendo: "¡Ay de mí!"
dio en tierra, y viendo el fracaso
dio voces el compañero,
a cuyo estruendo llegaron
algunos; y aunque pudiera
la fuga salvar a Carlos,
por no dejarme en el riesgo
se detuvo temerario,
de modo que la justicia,
que acaso andaba rondando,
llegó a nosotros, y aunque
segunda vez obstinado
intentaba defenderse,
persuadido de mi llanto
rindió la espada a mi ruego,
mucho más que a sus contrarios.
Prendiéronle, en fin; y a mí,
como a ocasión del estrago,
viendo que el que queda muerto
era don Diego de Castro,
mi primo, en tu noble casa,
señora, despositaron
mi persona y mis desdichas,
donde en un punto me hallo
sin crédito, sin honor,
sin consuelo, sin descanso,
sin aliento, sin alivio,
y finalmente esperando
la ejecución de mi muerte
en la sentencia de Carlos.
ANA: ¡Cielos! ¿qué es esto que escucho? Aparte
Al mismo que yo idolatro
es el que quiere Leonor...
¡Oh, qué presto que ha vengado
Amor a don Juan! ¡Ay triste!)
Señora, vuestros cuidados
siento como es justo. Celia,
lleva esta dama a mi cuarto
mientras yo a mi hermano espero.
CELIA: Venid, señora.
LEONOR: Tus pasos,
sigo, ¡ay de mí!, pues es fuerza
obedecer a los hados.
Vanse CELIA y doña LEONOR
ANA: Si de Carlos la gala y bizarría
pudo por sí mover a mi cuidado,
¿cómo parecerá, siendo envidiado,
lo que sólo por sí bien parecía?
Si sin triunfo rendirle pretendía,
sabiendo ya que vive enamorado,
¿qué victoria será verle apartado
de quien antes por suyo le tenía?
Pues perdone don Juan, que aunque yo quiera
pagar su amor, que a olvido ya condeno,
¿cómo podré si ya en mi pena fiera
introducen los celos su veneno?
Que es Carlos más galán; y aunque no fuera,
tiene de más galán el ser ajeno.
Sale don CARLOS, con la espada desnuda, y CASTAÑO
CARLOS: Señora, si en vuestro amparo
hallan piedad las desdichas,
lograd el triunfo mayor
siendo amparo de las mías.
Siguiendo viene mis pasos
no menos que la justicia,
y como hüir de ella es
generosa cobardía,
al asilo de esos pies
mi acosado aliento aspira,
aunque si ya perdí el alma,
poco me importa la vida.
CASTAÑO: A mí sí me importa mucho;
y así, señora, os suplica
mi miedo, que me escondáis
debajo de las baquiñas.
CARLOS: ¡Calla, necio!
CASTAÑO: ¿Pues será
la primer vez, si lo miras,
ésta, que los sacristanes
a los delincuentes libran?
ANA: (¡Carlos es! ¡Válgame el cielo! Aparte
La ocasión a la medida
del deseo se me viene
de obligar con bizarrías
su amor, sin hacer ultraje
a mi presunción altiva;
pues amparándole aquí
con generosas caricias,
cubriré lo enamorada
con visos de compasiva;
y sin ajar la altivez
que en mi decoro es precisa,
podré, sin rendirme yo,
obligarle a que se rinda;
que aunque sé que ama a Leonor,
¿qué voluntad hay tan fina
en los hombres, que si ven
que otra ocasión los convida
la dejen por la que quieren?
Pues alto, Amor, ¿qué vacilas,
si de que puede mudarse
tengo el ejemplo en mí misma?)
Caballero, las desgracias
suelen del valor ser hijas
y cebo de las piedades;
y así, si las vuestras libran
en mí su alivio, cobrar
la respiración perdida,
y en esta cuadra, que cae
a un jardín, entrad aprisa,
antes que venga un hermano
que tengo, y con la malicia
de veros conmigo solo
otro riesgo os aperciba.
CARLOS: No quisiera yo, señora,
que el amparo de mi vida
a vos os costara un susto.
CASTAÑO: ¿Agora en aqueso miras?
¡Cuerpo de quien me parió!
ANA: Nada a mí me desanima.
Venid, que aquí hay una pieza
que nunca mi hermano pisa,
por ser en la que se guardan
alhajas que en las visitas
de cumplimiento me sirven,
como son alfombras, sillas
y otras cosas; y además
de aqueso, tiene salida
a un jardín, por si algo hubiere;
y porque nada os aflija,
venid y os la mostraré;
pero antes será precisa
diligencia el que yo cierre
la puerta, porque advertida
salga en llamando mi hermano.
Habla CASTAÑO aparte a don CARLOS
CASTAÑO: Señor, ¡Qué casa tan rica
y qué dama tan bizarra!
¿No hubieras --¡Pese a mis tripas,
que claro es que ha de pesarles,
pues se han de quedar vacías!--
enamorado tú a aquésta
y no a aquella pobrecita
de Leonor, cuyo caudal
son cuatro bachillerías?
CARLOS: ¡Vive Dios, villano!
ANA: Vamos.
(Amor, pues que tú me brindas Aparte
con la dicha, no le niegues
después el logro a la dicha.)
Vanse todos
[En casa de LEONOR]
Salen don RODRIGO y HERNANDO
RODRIGO: ¿Qué me dices, Hernando?
HERNANDO: Lo que pasa;
que mi señora se salió de casa.
RODRIGO: ¿Y con quién no has sabido?
HERNANDO: ¿Cómo puedo,
si como sabes tú, todo Toledo
y cuantos a él llegaban,
su belleza e ingenio celebraban?
Con lo cual, conocerse no podía
cuál festejo era amor, cuál cortesía;
en que no sé si tú culpado has sido,
pues festejarla tanto has permitido,
sin advertir que, aunque era recatada,
es fuerte la ocasión y el verse amada,
y que es fácil que, amante e importuno,
entre los otros le agradase alguno.
RODRIGO: Hernando, no me apures la paciencia;
que aquéste ya no es tiempo de advertencia.
¡Oh fiera! ¿Quién diría
de aquella mesurada hipocresía,
de aquel punto y recato que mostraba,
que liviandad tan grande se encerraba
en su pecho alevoso?
¡Oh mujeres! ¡Oh monstruo venenoso!
¿Quién en vosotras fía,
si con igual locura y osadía,
con la misma medida
se pierde la ignorante y la entendida?
Pensaba yo, hija vil, que tu belleza,
por la incomodidad de mi pobreza,
con tu ingenio sería
lo que más alto dote te daría;
y agora, en lo que has hecho,
conozco que es más daño que provecho;
pues el ser conocida y celebrada
y por nuevo milagro festejada,
me sirve, hecha la cuenta,
sólo de que se sepa más tu afrenta.
¿Pero cómo a la queja se abalanza
primero mi valor, que a la venganza?
¿Pero cómo, ¡ay de mí!, si en lo que lloro
la afrenta sé y el agresor ignoro?
Y así ofendido, sin saber me quedo
ni cómo, ni de quién vengarme puedo.
HERNANDO: Señor, aunque no sé con evidencia
quién pudo de Leonor causar la ausencia,
por el rumor que había
de los muchos festejos que le hacía,
tengo por caso llano
que la llevó don Pedro de Arellano.
RODRIGO: Pues si don Pedro fuera,
di, ¿qué dificultad hallar pudiera
en que yo por mujer se le entregara
sin que tan grande afrente me causara?
HERNANDO: Señor, como eran tantos lo que amaban
a Leonor, y su mano deseaban,
y a ti te la han pedido,
temería no ser el elegido;
que todo enamorado es temeroso,
y nunca juzga que será el dichoso;
y aunque usando tal medio
le alabo yo el temor y no el remedio,
sin duda por quitar la contingencia
se quiso asegurar con el ausencia.
Y así, señor, si tomas mi consejo
--tú estás cansado y viejo,
don Pedro es mozo, rico y alentado,
y sobre todo, el mal ya está causado--,
pórtate con él cuerdo, cual conviene,
y ofrécele lo mismo que él se tiene;
dile que vuelva a casa a Leonor bella
y luego al punto cásale con ella,
y él vendrá en ello, pues no habrá quien huya
lo que ha de resultar en honra suya;
y con lo que te ordeno,
vendrás a hacer antídoto el veneno.
RODRIGO: ¡Oh Hernando! ¡Qué tesoro es tan preciado
un fïel amigo, o un leal crïado!
Buscar a mi ofensor aprisa elijo
por convertirle de enemigo en hijo.
HERNANDO; Sí, señor, que el remedio es bien se aplique
antes que el mal que pasa se publique.
Vanse los dos
[En casa de don Pedro]
Sale doña LEONOR retirándose de don JUAN
JUAN: Espera, hermosa homicida.
¿De quién huyes? ¿Quién te agravia?
¿Qué harás de quien te aborrece
si así a quien te adora tratas?
Mira que ultrajas huyendo
los mismos triunfos que alcanzas,
pues siendo el vencido yo
tú me vuelves las espaldas,
y que haces que se ejerciten
dos acciones encontradas:
tú, huyendo de quien te quiere;
yo, siguiendo a quien me mata.
LEONOR: Caballero, o lo que sois;
si apenas en esta casa,
que aun su dueño ignoro, acabo
de poner la infeliz planta,
¿cómo queréis que yo pueda
escuchar vuestras palabras,
si de ellas entiendo sólo
el asombro que me causan?
Y así, si como sospecho
me juzgáis otra, os engaña
vuestra pasión. Deteneos
y conoced, más cobrada
la atención, que no soy yo
la que vos buscáis.
JUAN: ¡Ah ingrata!
Sólo eso falta, que finjas
para no escuchar mis ansias,
como que mi amor tuviera
condición tan poco hidalga
que en escuchar mis lamentos
tu decoro peligrara.
Pues bien para segurarte,
las experiencias pasadas
bastaban, de nuestro amor,
en que viste veces tantas
que las olas de mi amor
cuando más crespas llegaban
a querer con los deseos
de amor anegar la playa,
era margen tu respeto
al mar de mis esperanzas.
LEONOR: Ya he dicho que no soy yo,
caballero, y esto basta;
idos, o yo llamaré
a quien oyendo esas ansias
las premie por verdaderas
o las castigue por falsas.
JUAN; Escucha.
LEONOR: No tengo qué.
JUAN: ¡Pues vive el Cielo, tirana,
que forzada me has de oír
si no quieres voluntaria,
y ha de escucharme grosero
quien de lo atento se cansa!
Cógela de un brazo
LEONOR: ¿Qué es esto? ¡Cielos, valedme!
JUAN: En vano a los cielos llamas,
que mal puede hallar piedad
quien siempre piedad le falta.
LEONOR: ¡Ay de mí! ¿No hay quien socorra
mi inocencia?
Salen don CARLOS y doña ANA deteniéndolo
ANA: Tente, aguarda,
que yo veré lo que ha sido,
sin que tú al peligro salgas
si es que mi hermano ha venido.
CARLOS: Señora, esta voz el alma
me ha atravesado; perdona.
ANA: (La puerta tengo cerrada; Aparte
y así, de no ser mi hermano
segura estoy; mas me causa
inquietud el que no sea
que Carlos halle a su dama;
pero si ella está en mi cuarto
y Celia fue a acompañarla,
¿qué ruido puede ser éste?
Y a oscuras toda la cuadra
está). ¿Quién va?
CARLOS: Yo, señora;
¿qué me preguntas?
JUAN: Doña Ana,
mi bien, señora, ¿por qué
con tanto rigor me tratas?
¿Éstas eran las promesas
éstas eran las palabras
que me distes en Madrid
para alentar mi esperanza?
Si obediente a tus preceptos,
de tus rayos salamandra,
girasol de tu semblante,
Clicie de tus luces claras,
dejé, sólo por servirte
el regalo de mi casa,
el respeto de mi padre,
y el cariño de mi patria;
si tú, si no de amorosa
de atenta y de cortesana,
diste con tácito agrado
a entender lo que bastaba
para que supiese yo
que era ofrenda mi esperanza
admitida en el sagrado
sacrificio de tus aras,
¿cómo agora tan esquiva
con tanto rigor me tratas?
ANA: (¿Qué es esto que escucho, cielos? Aparte
¨No es éste don Juan de Vargas,
que mi ingratitud condena
y sus finezas ensalza?
¿Pues quién aquí le ha traído?
CARLOS: Señora, escucha.
Llega don CARLOS a doña LEONOR
LEONOR: Hombre, aparta;
ya te he dicho que me dejes.
CARLOS: Escucha, hermosa doña Ana,
mira que don Carlos soy,
a quien tu piedad ampara.
LEONOR: (Don Carlos ha dicho. ¡Cielos! Aparte
Y hasta en el habla jurara
que es don Carlos; y es que como
tengo a Carlos en el alma,
todos Carlos me parecen,
cuando él ¡ay prenda adorada!
en la prisión estará).
CARLOS: ¿Señora?
LEONOR: Apartad, que basta
deciros que me dejéis.
CARLOS: Si acaso estáis enojada
porque hasta aquí os he seguido,
perdonad, pues fue la causa
solamente el evitar
si algún daño os amenaza.
LEONOR: (¡Válgame Dios, lo que a Carlos Aparte
parece!)
JUAN: ¿Qué, en fin, ingrata,
con tal rigor me desprecias?
Sale CELIA con luz
CELIA: (A ver si está aquí mi ama, Aparte
para sacar a don Juan
que oculto dejé en su cuadra,
vengo; mas ¿qué es lo que veo?)
LEONOR: (¿Qué es esto? ¡El cielo me valga! Aparte
¿Carlos no es éste que miro?)
CARLOS: (¡Ésta es Leonor, o me engaña Aparte
la aprensión!)
ANA: (¿Don Juan aquí? Aparte
Aliento y vida me faltan).
JUAN: (¿Aquí don Carlos de Olmedo? Aparte
Sin duda que de do¤a Ana
es amante, y que por él
aleve, inconstante y falsa
me trata a mí con desdén).
LEONOR: (¡Cielos! ¿En aquesta casa Aparte
Carlos, cuando amante yo
en la prisión le lloraba?
¿En una cuadra escondido,
y a mí, pensando que hablaba
con otra, decirme amores?
Sin duda que de esta dama
es amante. Pero ¿cómo?
¿Si es ilusión lo que pasa
por mí? ¡Si a él llevaron preso
y quedé despositada
yo! Toda soy un abismo
de penas.)
JUAN: ¡Fácil, liviana!
¿Éstos eran los desdenes;
tener dentro de tu casa
oculto un hombre? ¡Ay de mí!
¿Por esto me desdeñabas?
¡Pues, vive el cielo, traidora,
que pues no puede mi saña
vengar en ti mi desprecio,
porque aquella ley tirana
del respeto a las mujeres,
de mis rigores te salva
me he de vengar en tu amante!
ANA: ¡Detente, don Juan, aguarda!
CARLOS: (Son tantas las confusiones Aparte
en que mi pecho batalla,
que en su varia confusión
el discurso se embaraza,
y por discurrirlo todo
acierto a discurrir nada.
¿Aquí Leonor, cielos? ¿Cómo?
ANA: ¡Detente!
JUAN: ¡Aparta, tirana,
que a tu amante he de dar muerte!
CELIA: Señora, mi señor llama.
ANA: ¿Qué dices, Celia? ¡Ay de mí!
Caballeros, si mi fama
os mueve, débaos agora
el ver que no soy culpada
aquí en la entrada de alguno,
a esconderos, que palabra
os doy de daros lugar
de que averigüéis mañana
la causa de vuestras dudas;
pues si aquí mi hermano os halla,
mi vida y mi honor peligran.
CARLOS: En mí bien asegurada
está la obediencia, puesto
que debo estar a tus plantas
como a amparo de mi vida.
JUAN: Y en mí, que no quiero, ingrata,
aunque ofendido me tienes,
cuando eres tú quien lo manda,
que a otro, porque te obedece,
le quedes más obligada.
ANA: Yo os estimo la atención,
Celia, tú en distintas cuadras
oculta a los dos, supuesto
que no es posible que salga
hasta la mañana, alguno.
CELIA: Ya poco término falta.
Don Juan, conmigo venid.
Tú, señora, a esa fantasma
éntrala donde quisieres.
Vanse CELIA y don JUAN
ANA: Caballero, en esa cuadra
os entrad.
CARLOS: Ya te obedezco.
¡Oh, quiera el cielo que salga
de tan grande confusión!
Vase don CARLOS
ANA: Leonor, también retirada
puedes estar.
LEONOR: Yo, señora,
aunque no me lo mandaras
me ocultara mi vergüenza.
Vase doña LEONOR
ANA: ¿Quién vio confusiones tantas
como en el breve discurso
de tan pocas horas pasan?
¡Apenas estoy en mí!
Sale CELIA
CELIA: Señora, ya en mi posada
está. ¿Qué quieres agora?
ANA: A abrir a mi hermano baja,
que es lo que agora importa, Celia.
CELIA: (Ella está tan asustada Aparte
que se olvida de saber
cómo entró don Juan en casa;
mas ya pasado el aprieto,
no faltará una patraña
que decir, y echar la culpa
a alguna de las crïadas,
que es cierto que donde hay muchas
se peca de confïanza,
pues unas a otras se culpan
y unas por otras se salvan).
Vase CELIA
ANA: ¡Cielos, en qué empeño estoy
de Carlos enamorada,
perseguida de don Juan,
con mi enemiga en mi casa,
con crïadas que me venden,
y mi hermano que me guarda!
Pero él llega; disimulo.
Sale don PEDRO
PEDRO: Señora, querida hermana,
¡qué bien tu amor se conoce,
y qué bien mi afecto pagas,
pues te halló despierta el sol,
y te ve vestida el alba!
¿Dónde tienes a Leonor?
ANA: En mi cuadra, retirada
mandé que estuviese, en tanto,
hermano, que tú llegabas.
Mas ¿cómo tan tarde vienes?
PEDRO: Porque al salir de su casa
la conoció un deudo suyo,
a quien con una estocada
dejó Carlos casi muerto;
y yo viendo alborotada
la calle, aunque no sabían
quién era y quién la llegaba,
para que aquel alboroto
no declarara la causa,
hice que, de los crïados,
dos al herido cargaran,
como de piedad movido,
hasta llevarle a su casa,
mientras otros a Leonor,
y a Carlos preso, llevaban
para entregársela a ti;
y hasta dejar sosegada
la calle, venir no quise.
ANA: Fue atención muy bien lograda,
pues excusaste mis riesgos
sólo con esa tardanza.
PEDRO: Eres en todo discreta;
y pues Leonor sosegada
está, si a ti te parece
no será bien inquietarla,
que para que oiga mis penas,
teniéndola yo en mi casa,
sobrado tiempo me queda;
que no es amante el que trata
primero de sus alivios
que no del bien de su dama;
y también para que tú
te recojas, que ya basta
por aliviar mis desvelos,
la mala vida que pasas.
ANA: Hermano, yo por servirte
muchos más riesgos pasara,
pues somos los dos tan uno
y tan como propias trata
tus penas el alma, que
imagino al contemparlas
que tu desvelo y el mío
nacen de una misma causa.
PEDRO: De tu fineza lo creo.
ANA: (Si entendieras mis palabras...) Aparte
PEDRO: Vámonos a recoger,
si es que quien ama descansa.
ANA: (Voy a sosegarme un poco, Aparte
si es que sosiega quien ama).
PEDRO: Amor, si industrias alientas,
anima mis esperanzas.
ANA: (Amor, si tú eres cautelas, Aparte
a mis cautelas ampara).
Vanse los dos
Bellísima María,
a cuyo sol radiante
del otro sol se ocultan
los rayos materiales;
tú, que con dos celestes
divinos luminares,
árbitro de las luces,
las cierras, o las abres;
que, porque de ser soles
la virtud no les falte,
engendran de tu pelo
los ricos minerales,
cuyo Ofir proceloso,
al arbitrio del aire,
forma en ricas tormentas
doradas tempestades,
sin permitir lo negro;
que no era bien se hallasen,
entre copia de luces,
sombra de oscuridades,
dejando a la hermosura
plebeya el azabache,
que es lucir con lo opuesto
de mendigas deidades;
y al adornar tu frente,
se mira coronarse
con arreboles de oro
montaña de diamante,
pues dándole la nieve
transparentes pasajes,
lo cándido acredita,
mas desmiente lo frágil...
En fin, Lysi divina,
perdona si, ignorante,
a un mar de perfecciones
me engolfe el leño frágil.
Y pues para tu aplauso
nunca hay voces capaces,
tú te alaba, pues sola
es razón que te alabes.
Personas que hablan en ella:
Sale el ALCALDE cantando
ALCALDE: Alcalde soy del Terrero,
y quiero en esta ocasión,
de los entes de palacio
hacer ente de razón.
Metafísica es del gusto
sacarlos a plaza hoy,
que aquí los mejores entes
los metafísicos son.
Vayan saliendo a la plaza,
porque aunque invisibles son,
han de parecer reales,
aunque le pese a Platón.
Del desprecio de las damas,
plenipotenciario soy;
y del favor no, porque
el palacio no hay favor.
El desprecio es aquí el premio,
y aun eso cuesta sudor;
pues no lo merece sino
el que no lo mereció.
"¡Salgan los entes, salgan,
que se hace tarde,
y en palacio se usa
que espere nadie!"
Sale el AMOR, cubierto
AMOR: Yo, señor alcalde, salgo
a ver si merezco el premio.
ALCALDE: ¿Y quién sois?
AMOR: Soy el Amor.
ALCALDE: ¿Y por qué venís cubierto?
AMOR: Porque, aunque en palacio asisto,
soy delincuente.
ALCALDE: Si hay eso,
¿por qué venís a palacio?
AMOR: Porque me es preciso hacerlo,
y tuviera mayor culpa
a no tender la que tengo.
ALCALDE: ¿Cómo así?
AMOR: Porque en palacio,
quien no es amante, es grosero;
y escoger el menor quise,
entre dos preciso yerros.
ALCALDE: ¿Y por eso pretendéis
el premio?
AMOR: Sí.
ALCALDE: ¡Majadero!
¿Quién os dijo que el Amor
es digno ni aun del desprecio?
Canta
"¡Andad, andad adentro;
que el que pretende,
dice que es el desprecio,
y el favor quiere!"
Vase el AMOR y sale el OBSEQUIO
OBSEQUIO: Señor Alcalde, de mí
no se podrá decir eso.
ALCALDE: ¿Quién sois?
OBSEQUIO: El Obsequio soy,
debido en el galanteo
de las damas de palacio.
ALCALDE: Bien, ¿y por qué queréis premio,
si decís que sois debido?
¡Por cierto, sí, que es muy bueno
que lo que nos debéis vos,
queréis que acá lo paguemos!
Canta
"¡Andad, andad adentro;
porque las damas
llegan hasta la deudas,
no hasta las pagas!"
Vase el OBSEQUIO y sale el RESPETO
RESPETO: Yo, que soy el más bien visto
ente de palacio, vengo
a que me premiéis, señor.
ALCALDE: ¿Y quién sois?
RESPETO: Soy el Respeto.
ALCALDE: Pues yo no os puedo premiar.
RESPETO: ¿Por qué no?
ALCALDE: Porque si os premio,
será vuestra perdición.
RESPETO: ¿Cómo así?
ALCALDE: Porque lo exento
de las deidades, no admite
pretensión; y el pretenderlo
y conseguirlo será
perdérseles el respeto.
Canta
"¡Andad, andad adentro;
que no es muy bueno
el Respeto que mira
varios respetos!"
Vase el RESPETO, y sale la FINEZA
FINEZA: Yo, señor, de todos, sola
soy quien el premio merezco.
ALCALDE: ¿Quién sois?
FINEZA: La Fineza soy;
ved si con razón pretendo.
ALCALDE: ¿Y en qué el merecer fundáis?
FINEZA: ¿En qué? En lo fino, lo atento,
en lo humilde, en lo obsequioso,
en el cuidado, el desvelo,
y en amar por sólo amar.
ALCALDE: Vos mentís en lo propuesto;
que si amarais por amar,
aun siendo el premio el desprecio,
no lo quisierais, siquiera
por tener nombre de premio.
Demás de que yo conozco,
y en las señas os lo veo,
que no sois vos la Fineza.
FINEZA: ¿Pues qué tengo de no serlo?
ALCALDE: Vení acá. ¿Vos nos decís
que sois la Fineza?
FINEZA: Es cierto.
ALCALDE: Veis ahí cómo no lo sois.
FINEZA: ¿Pues en qué tengo de verlo?
ALCALDE: ¿En qué? En que vos lo decís;
y el amante verdadero
ha de tener de lo amado
tan soberano concepto,
que ha de pensar que no alcanza
su amor al merecimiento
de la beldad a quien sirve;
y aunque la ame con extremo,
ha de pensar siempre que es
su amor, menor que el objeto,
y confesar que no paga
con todos los rendimientos;
que lo fino del amor
está en no mostrar el serlo.
Canta
"¡Y andad, andad adentro;
que la Fineza
mayor es, de un amante,
no conocerlo!"
Vase la FINEZA, y sale la ESPERANZA, tapada
ESPERANZA: El haber, señor alcalde,
sabido que es el propuesto
premio el desprecio, me ha dado
ánimo de pretenderlo.
ALCALDE: Decid quién sois, y veré
si lo merecéis.
ESPERANZA: No puedo;
que me hicierais desterrar,
si llegaras a saberlo.
ALCALDE: Pues, ¿y cómo puedo yo
premiaros sin conoceros?
ESPERANZA: ¿Pues para aqueso no basta
el saber que lo merezco?
ALCALDE: Pues si yo no sé quién sois,
ni siquiera lo sospecho,
¿de dónde puedo inferir
yo vuestro merecimiento?
Y así, perded el temor
que os encubre, del destierro
--que aunque tengáis mil delitos,
por esta vez os dispenso--
y descubríos.
ESPERANZA: La Esperanza
soy.
ALCALDE: ¡Qué grande atrevimiento!
¿Una villana en palacio?
ESPERANZA: Sí, ¿pues qué os espantáis de eso
si siempre vivo en palacio,
aunque con nombre supuesto?
ALCALDE: ¿Y cuál es?
ESPERANZA: Desconfïanza
me llamo entre los discretos,
y soy Desconfianza fuera
y Esperanza por de dentro;
y así, oyendo pregonar
el premio, a llevarle vengo;
que la Esperanza, en palacio,
sólo es digna del desprecio.
ALCALDE: Mientes; que el desprecio toma
algún género de cuerpo
en la boca de las damas,
y al decirlo, por lo menos
se le detiene en los labios,
y se le va con los ecos;
y con esto basta para hacerse
mucho aprecio del desprecio,
y sobra para que sea
premio para los discretos;
que no es razón que a una dama
le costara tanto un necio.
Canta
"¡Andad, andad adentro;
que la Esperanza
por más que disimule,
siempre es villana!"
Y pues se han acabado
todos los entes
sin que ninguno el premio
propuesto lleve,
sépase que en las damas
aún los desdenes,
aunque tal vez se alcanzan,
no se merecen.
Y así, los entes salgan,
porque confiesen
que no merece el premio
quien lo pretende.
Salen los Entes, y cada uno canta su copla
AMOR: Verdad es lo que dices;
pues aunque amo,
el Amor es obsequio,
mas no contrato.
OBSEQUIO: Ni tampoco el Obsequio;
porque en palacio,
con que servir lo dejen,
queda pagado.
RESPETO: Ni tampoco el Respeto
algo merece;
que a ninguno le pagan
lo que se debe.
FINEZA: La Fineza tampoco;
porque, bien visto,
no halla en lo obligatorio
lugar lo fino.
ESPERANZA: Yo, pues nada merezco
siendo Esperanza,
de hoy más llamarme quiero
Desesperada.
ALCALDE: Pues sepa, que en palacio,
los que lo asisten,
aun los mismos desprecios
son imposibles.
Texto electrónico por Vern G. Williamsen
y J T Abraham
Formateo adicional por Matthew D. Stroud
Actualización más reciente: 22 Oct 2002